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Zaorejas "el inmenso pinar"


Este municipio, se constituye en uno de los más importantes del Alto Tajo, siendo el mayor de los que se localizan en la parte sur del río. Desde su reconquista perteneció a la jurisdicción conquense, y al igual que las poblaciones anteriores sólo en el siglo XIX pasó a engrosar los territorios de la provincia de Guadalajara.

Son de gran tipismo sus estrechas calles con abundantes casonas construidas en recio sillarejo calizo. Asimismo son dignas de visitar sus dos plazas, en las que se asientan interesantes edificaciones como el Concejo y varias casonas particulares, con sus llamativos escudos, rejas y llamadores.
Actualmente tiene anexionado a su término los pueblos de Huertapelayo y Villar de Cobeta.

Fue el equipo de redacción del Diccionario de don Pascual Madoz el que en 1848 decía esto al escribir de Zaorejas: «Dentro de él se encuentran tres ermitas (Nuestra Señora de los Remedios, San Pedro y San Bartolomé) e infinidad de fuentes, entre ellas una que llaman el Campillo, de finísimas aguas y tan abundantes que a poco trecho de su nacimiento alimentan un molino harinero, tres batanes y una ferrería; tiene además la particularidad de criar abundancia de sabrosísimas truchas que cuando salen de las cuevas donde nace la fuente son negras, y luego se aclaran y tornan del mejor color de las asalmonadas...»

Resulta interesante consultar datos procedentes de aquella época, cuando el pueblo ya mantenía 540 habitantes y vivía del producto de las huertas y de la extracción de algunos derivados del pinar, tales como la resina, la pez, el aguarrás y la trementina; hoy, todo ello es insoñable aun para los más viejos del lugar, aunque todo encaja perfectamente con su situación y con el aspecto exterior de tantas de sus viviendas centenarias, propias de un pueblo con manifiesta categoría, como lo debió ser aquel Zaorejas de hace ciento cincuenta años al que nos acabamos de referir.

A cierta distancia de quien se aproxima al pueblo, se contemplan de lejos en ambos lados del horizonte, cortes aparatosos del terreno que delatan rincones paradisíacas, como regalo de por vida para los pocos afortunados que viven por allí y que los tienen a la puerta de casa. Luego he sabido que esta primera idea no fue producto de la imaginación, sino que Zaorejas, con su Puente de San Pedro a cuatro pasos, con aquel insustituible vallejo que en el pueblo llaman de los Cholmos, con su fuente de la Falaguera y tantos parajes más escondidos en su término, es todo él un maravilloso muestrario natural que sus vecinos conocen y del que se sienten sencillamente orgullosos.

Se entra al pueblo bajando una breve pendiente que hay antes de llegar al parque jardín, donde en el lateral de una pilastra que sirve de fuente, se puede leer: «Plaza del Teniente Coronel don P. Fernández Amigo. Año 1958».

Las acacias, los columpios, y las frescas sombras que arroja el parque, hacen pensar en él como sitio de refrigerio y solaz en las calurosas mañanas del verano. Antes, algo más arriba, quienes llegan a Zaorejas pueden ver -por su aspecto todavía inconclusa- la plaza de toros, símbolo cuando menos de una afición bastante definida.



La calle Real Alta es la más importante de Zaorejas. La calle Real Alta comunica ambas plazas, la Vieja y la Nueva. En la calle Real Alta está el frontón de pelota, con gradas en un lateral donde pueden acomodarse más de cien personas.

En la Plaza Vieja, que es la primera de las dos con las que uno se encuentra a lo largo de la calle, está el edificio impecable del ayuntamiento, provisto de doble grada de balcón, una encima de otra, y con el clásico reloj municipal con campanillo que, por lo menos en el instante en que lo vi, marcaba una hora inexacta.

Por las calles de Zaorejas vale la pena pararse a contemplar la solidez de algunos de sus más viejos edificios, así como la elegancia y estupenda forja de muchos de sus balcones. Una niña intenta llenar su cubo de agua en el chorrillo sutil que cuelga en el viejo pilón de la calle. La Plaza Nueva -para mí tan antigua y evocadora como la anterior, y que viene a caer al final de la calle- tiene un arco a manera de pasadizo por el que se puede salir directamente hasta los huertos.

El encuadre general de la Plaza Nueva, con sus fachadas variopintas y románticas, con su fuente en mitad que remata un bolón de piedra, podría ser un bello motivo a tener en cuenta para pintores con gusto y para situar cualquier acción de una novela de costumbres. Y fuera el campo; el divino espectáculo de los declives violentos, de las chorreras rugidoras de agua dulce, de los meandros y vados del Alto Tajo que pasó a la historia de la literatura contemporánea el académico José Luis Sampedro, como constancia perdurable de un escenario sinpar y de unas formas de vivir que en Zaorejas todavía recuerda con detalles la gente mayor.

Inmersos en el parque natural del Alto Tajo, muy cerca del llamado "Puente de San Pedro" -una zona de relax que permite incluso un chapuzón en el gran río- encontramos la pequeña villa de Zaorejas. Para poder llegar a este yacimiento lo más recomendable es preguntar por el "puente de los moros". De esa manera, y aunque ni se trate de un puente ni haya sido construído por los árabes, podremos llegar hasta el acueducto romano, situado a unos 500 metros del casco urbano.

Se trata de una construcción de gran belleza y sencillez. Originalmente, parece que alcanzaba los 12 metros de altura, contando con un único ojo bajo el que, presumiblemente, pasaba una calzada romana. En la parte superior debería estar la cornisa por la que discurria el agua, si bien de ello no queda ningún vestigio.

La piedra blanca con que está construida debía darle un aspecto impresionante en su tiempo, dejando, sin duda, atónitos a los viajeros que lo contemplaban.

Sin embargo, una vez pasada la euforia inicial del hallazgo, uno empieza a mirar alrededor, y es en ese momento cuando comienzan las preguntas. La primera que nos planteamos, dado que se trataba de un acueducto, versa sobre el destino del agua que circulaba por semejante construcción. En la zona de Zaorejas no se ha encontrado ningún vestigio que indique una presencia romana permanente y, por lo escarpado de la orografía local, tampoco hace pensar en algún tipo de campamento militar permanente.

Otra posibilidad es que se tratase de una construcción meramente propagandística; ésto se apoya en el hecho de que, en muchos aspectos, la construcción recuerda a un arco de triunfo. Sin embargo, los romanos sabían contruir arcos de triunfo perfectamente, por lo que no necesitaban disfrazarlos de acueductos.

Tal vez el cauce del arroyo de Fuentelengüa, que es el que discurría sobre el monumento en cuestión, pueda darnos alguna pista. Si tenemos en cuenta la sencillez de construcción, así como el pequeño tamaño de la obra, hemos de suponer que no sería suficiente para una gran ciudad. Además, y a no ser que se demuestre lo contrario, las grandes urbes como Segóbriga, Valeria o Ercávica se encuentran situadas a muchos kilómetros de distancia del acueducto, por lo que debía de tratarse de algo mucho más pequeño.

Pero ese "algo" aun está por descubrirse, ya que tampoco tenemos noticia de hallazgos que justifiquen un sistema de irrigación en la zona, lo que explicaría la presencia de la construcción. Tal vez unas termas (aunque es poco probable) o algún núcleo de labranza. Lo unico cierto es que, si el Imperio se lanzó a sufragar el gasto que conllevaba tan magna obra sería, sin ningún género de duda, por alguna poderosa razón. Por otra parte, muy cerca del acueducto existen algunos restos de castros celtibéricos que por esa época ya deberían haber estado abandonados. O tal vez no. Y es que, despues de andar muchos caminos y de visitar muchos yacimientos, hemos llegado a la conclusión de que la dominación romana, al menos en la zona de Guadalajara, llego más de la mano de la cultura que de la violencia. Esto explicaría la presencia del acueducto y otros detalles curiosos que, con cierta frecuencia, nos hemos encontrado.

De momento, el acueducto de Zaorejas sigue estando en el mismo sitio, a la espera de la visita del siguiente viajero que pretenda escudriñar entre sus piedras. Que cada uno saque sus propias conclusiones.


Mi amigo Carlos Arevalo nació en Zaorejas y tenemos pendiente una visita a su casa reformada en una de las callejas del centro del pueblo.

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