
Este municipio, se constituye en uno de los más importantes del Alto Tajo, siendo el mayor de los que se localizan en la parte sur del río. Desde su reconquista perteneció a la jurisdicción conquense, y al igual que las poblaciones anteriores sólo en el siglo XIX pasó a engrosar los territorios de la provincia de Guadalajara.
Son de gran tipismo sus estrechas calles con abundantes casonas construidas en recio sillarejo calizo. Asimismo son dignas de visitar sus dos plazas, en las que se asientan interesantes edificaciones como el Concejo y varias casonas particulares, con sus llamativos escudos, rejas y llamadores.
Actualmente tiene anexionado a su término los pueblos de Huertapelayo y Villar de Cobeta.

Resulta interesante consultar datos procedentes de aquella época, cuando el pueblo ya mantenía 540 habitantes y vivía del producto de las huertas y de la extracción de algunos derivados del pinar, tales como la resina, la pez, el aguarrás y la trementina; hoy, todo ello es insoñable aun para los más viejos del lugar, aunque todo encaja perfectamente con su situación y con el aspecto exterior de tantas de sus viviendas centenarias, propias de un pueblo con manifiesta categoría, como lo debió ser aquel Zaorejas de hace ciento cincuenta años al que nos acabamos de referir.
A cierta distancia de quien se aproxima al pueblo, se contemplan de lejos en ambos lados del horizonte, cortes aparatosos del terreno que delatan rincones paradisíacas, como regalo de por vida para los pocos afortunados que viven por allí y que los tienen a la puerta de casa. Luego he sabido que esta primera idea no fue producto de la imaginación, sino que Zaorejas, con su Puente de San Pedro a cuatro pasos, con aquel insustituible vallejo que en el pueblo llaman de los Cholmos, con su fuente de la Falaguera y tantos parajes más escondidos en su término, es todo él un maravilloso muestrario natural que sus vecinos conocen y del que se sienten sencillamente orgullosos.

Las acacias, los columpios, y las frescas sombras que arroja el parque, hacen pensar en él como sitio de refrigerio y solaz en las calurosas mañanas del verano. Antes, algo más arriba, quienes llegan a Zaorejas pueden ver -por su aspecto todavía inconclusa- la plaza de toros, símbolo cuando menos de una afición bastante definida.
La calle Real Alta es la más importante de Zaorejas. La calle Real Alta comunica ambas plazas, la Vieja y la Nueva. En la calle Real Alta está el frontón de pelota, con gradas en un lateral donde pueden acomodarse más de cien personas.
En la Plaza Vieja, que es la primera de las dos con las que uno se encuentra a lo largo de la calle, está el edificio impecable del ayuntamiento, provisto de doble grada de balcón, una encima de otra, y con el clásico reloj municipal con campanillo que, por lo menos en el instante en que lo vi, marcaba una hora inexacta.

El encuadre general de la Plaza Nueva, con sus fachadas variopintas y románticas, con su fuente en mitad que remata un bolón de piedra, podría ser un bello motivo a tener en cuenta para pintores con gusto y para situar cualquier acción de una novela de costumbres. Y fuera el campo; el divino espectáculo de los declives violentos, de las chorreras rugidoras de agua dulce, de los meandros y vados del Alto Tajo que pasó a la historia de la literatura contemporánea el académico José Luis Sampedro, como constancia perdurable de un escenario sinpar y de unas formas de vivir que en Zaorejas todavía recuerda con detalles la gente mayor.

Se trata de una construcción de gran belleza y sencillez. Originalmente, parece que alcanzaba los 12 metros de altura, contando con un único ojo bajo el que, presumiblemente, pasaba una calzada romana. En la parte superior debería estar la cornisa por la que discurria el agua, si bien de ello no queda ningún vestigio.
La piedra blanca con que está construida debía darle un aspecto impresionante en su tiempo, dejando, sin duda, atónitos a los viajeros que lo contemplaban.

Otra posibilidad es que se tratase de una construcción meramente propagandística; ésto se apoya en el hecho de que, en muchos aspectos, la construcción recuerda a un arco de triunfo. Sin embargo, los romanos sabían contruir arcos de triunfo perfectamente, por lo que no necesitaban disfrazarlos de acueductos.
Tal vez el cauce del arroyo de Fuentelengüa, que es el que discurría sobre el monumento en cuestión, pueda darnos alguna pista. Si tenemos en cuenta la sencillez de construcción, así como el pequeño tamaño de la obra, hemos de suponer que no sería suficiente para una gran ciudad. Además, y a no ser que se demuestre lo contrario, las grandes urbes como Segóbriga, Valeria o Ercávica se encuentran situadas a muchos kilómetros de distancia del acueducto, por lo que debía de tratarse de algo mucho más pequeño.

De momento, el acueducto de Zaorejas sigue estando en el mismo sitio, a la espera de la visita del siguiente viajero que pretenda escudriñar entre sus piedras. Que cada uno saque sus propias conclusiones.
Mi amigo Carlos Arevalo nació en Zaorejas y tenemos pendiente una visita a su casa reformada en una de las callejas del centro del pueblo.
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