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Rafael de León


Me ha dejado tu muerte un sabor agridulce
que en muchísimo tiempo no se irá de mi boca;
un sabor machacado de retama y de tuera
revuelto con panales de la miel de tu Alcarria.

Tu verbo era fácil, tan hondo y castellano
que cuando comenzabas a hablar de cualquier cosa
saltaban las palabras, precisas, escogidas,
con un sonido alegre de tallados cristales.

Conocías de siempre a Dante y a Petrarca,
sabías de memoria a Horacio y a Virgilio
y en los libros pautados del canto gregoriano
entonabas latines sin errar una sílaba.


Tu verso era sonoro, delicado en matices,
clásicamente puro, de recias consonantes;
tal vez con influencias de Teresa de Ávila
y del viejo Arcipreste para ti tan cercano.

Cuando desempolvabas el siglo diecinueve
-tú que habías nacido a principios del veinte-
traías a nosotros pomporé de vitrinas
y una palabrería francamente graciosa...

En corros literarios, negándote decían:
¿Cómo escribe canciones siendo tan buen poeta?...
Olvidando los nombres de Marquina y Machado
y de que por montañas, también los hizo Lope.

Pero tú proseguías tu labor meritoria,
Rimando sin descanso romances y sonetos
Para luego decirlos igual en una plaza,
que frente a los tapices de unos Juegos Florales.

Tus ojos eran vivos, morados de crepúsculo.
Tu voz clara y vibrante, igual que una campana,
y diciendo tus versos, te bailaban las manos
en un aleteante, nervioso abaniqueo.

Pues bien, así has caído, como herido del rayo,
recitando un poema que hablaba de tu Alcarria,
una noche de julio, cuando daba la una
en todos los relojes de Castilla la Nueva.

(Rafael de León, a su amigo Ochaíta)


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