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Basilio Sebastián Castellano de Losada


SALMERON Y SUS VEGAS


Entre cantueso y tomillos,
espliego, gedrea y salvia,
robregales, chopos, bojes,
y verdegosas carrascas;

cercado de extensos montes
en que los pinos se lanzan
a dar un beso a los cielos
que se burlan de su audacia;

rodeado de colinas,
extenso valle se halla
hacia el que mil arroyuelos
en la alegre trisca bajan.

En medio de su carrera
y al final de las cascadas
que en agradable murmullo
fueron formando las aguas,

cual lobo que a un corderillo
para devorarle aguarda,
y en cuanto a tiro le coge
ansioso le echa la zarpa,

Los ríos Val de Medina
y Val Castillo que andan
esperando la ocasión,
de un sorbo se los tragan.

Ricos ya con tal raudal
ambos ríos, se consagran
a repartir sus riquezas
por los terrenos que bañan.

Y separando los juncos
que estorbar quieren su marcha,
dando la vida a los álamos
y rico fruto a las zarzas,

Van repartiendo sus dones
a los árboles y plantas
que no tardan en vestirse
con ricas flores y galas.

Al peral, guindo y cerezo
de topacio y rubí esmaltan;
a la vid cargan de perlas
y de oro rico engalanan

Al trigo; y al cirolero
de tan bellas esmeraldas
que hacen rico su caudal
si el sol llega a sazonarlas.

El centeno, granadero
en las cereales campañas,
y la avena que pretende
competir con la cebada;

De esmeraldas en topacios
trocan sus débiles cañas,
y en vez de perder valores
los aumenta en la mudanza.

Lánzanse alegres los ríos
sobre las humildes plantas
que oculta la ingrata tierra,
y al impulso de sus aguas,

Ayudadas del poder
del divo Febo, las saca
de la negra oscuridad
a vivir en la alborada.

Nutriéndolas con amor,
de ricos frutos las carga,
y de embellecidas flores
orgullosas se levantan.

Val del Castillo y Medina,
gozosos de obra tan magna,
en agradable murmullo
ruedan sus gentiles aguas:

Y los tiernos gilguerillos
gozosos de sus tonadas,
van a aumentar el concierto
saltando de rama en rama.

Así Febo les sorprende
cuando las puertas doradas
abre del oriente hermoso
para dar salida al alba.

Y así les deja también
luego que al ocaso baja
para dar a las tinieblas
lugar, cuando el día pasa.

Y así que Diana asoma
con sus mil cabrillas varias,
y los cielos se entapizan
con sus centelleantes brasas,

El ruiseñor se despide
en una alegre tonada
de las aguas, y ya solas
a dejar el valle marchan.

Rica dejaron la vega
del Val Medina las aguas,
mas el hombre, cual halcón,
sobre los frutos se lanza

Tan pronto como en sazón
para su gusto las halla
y con ansia las despoja
de sus preseas y galas.

Naturaleza se ríe
al ver del hombre la audacia,
y para más divertirse,
viendo su insaciable ansia

Viste de nuevo la tierra
con riquezas variadas,
riquezas que nunca el hombre
podrá llegar a agotarlas:

El valle que hemos descrito
es de Salmerón alhaja,
pues su vega es el vergel
más florido de la Alcarria.

Y entre copudos nogales
su frondosidad es tanta,
que no hay tierra más feraz
en toda aquella comarca.

Forman el valle los cerros
Valmedina y la Quebrada
por el norte, y de esta fuente
condujo el pueblo a su plaza.

El pinar de Castilforte
Y fuente la Sierra, abrazan,
con el monte de san Quiles,
al oriente la comarca.

Al mediodía le coge
dl cerrillo de Albarana,
en el que diz que en lo antiguo
hubo un fuerte de gran fama.

Y el cerro blanco a occidente
con Fuente del Mazo alcanza,
en unión de San Matías,
a cerrar la vega llana.

Para hermosear el valle
y dar a Salmerón galas,
el caballero Albisúa
fabrica una linda casa,

Que ha de ser de sus amigos
palacio mas que posada,
y en ella ha de sentar bien
aquel...Parba propia magna.

Recuerdo es este que alegra
pues que, en futuro, la fama
publica, que este tugurio
ha de honrar toda la Alcarria:

Porque vendrá a ser de Venus,
de Cupido y de las gracias
mansión, en que los amores
germinen en flores varias.



Basilio Sebastián Castellanos de Losada fue un polígrafo, arqueólogo y anticuario, que llegaría a ser director del Museo Arqueológico Nacional. En 1850, convaleciente de una enfermedad que le había llevado al balneario de Trillo, pasó una temporada en Salmerón, en casa de su amigo Juan de Albisúa, y quedó prendado del lugar, al que dedicaría este poema y varias páginas de su Manual del Bañista.

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