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Guadalajara, "capital alcarreña"

Guadalajara siempre estuvo en el camino hacia alguna parte. Esa condición de tierra fronteriza y cercana a Madrid condicionó desde antaño su historia.

La capital de la Alcarria es hoy una gran desconocida, que atesora un rico patrimonio heredado en buena parte de la influyente familia Mendoza.

El palacio de los Duques del Infantado, el edificio más singular y representativo de Guadalajara, es el testimonio más preciado del poder que ejercieron en el lugar estos nobles de origen navarro; pero muchos otros pueden admirarse en conventos, iglesias y edificios civiles repartidos por la ciudad.


Así fue desde la Edad Media al más esplendoroso Renacimiento, hasta que el traslado de la sede familiar a Madrid, donde Felipe II estableció su Corte, llevó a Guadalajara a la decadencia.

En el siglo XX, los aciertos y desaciertos urbanísticos han convertido esta capital de provincias en una ciudad moderna y joven, beneficiada por su cercanía a Madrid.


Por su casco antiguo, con la calle Mayor como espina dorsal, discurre una ruta monumental desconocida. Lleva de la iglesia de San Ginés al palacio ducal, de la con catedral de Santa María al fuerte de San Francisco y aún más allá, hasta descubrir el imponente panteón que se levanta junto al parque de San Roque


La ciudad de Guadalajara ha sido asentamiento de diversas civilizaciones, todas y cada una de ellas han dejado su huella en la ciudad. Esta diversidad se ve reflejado en su arte, donde se combinan el gótico con el mudéjar y con el plateresco.

Por todo ello, el patrimonio histórico-monumental es muy rico en la capital de la Alcarria, bajo el mecenazgo de la familia Mendoza y especialmente de los Duques del Infantado se construyeron grandes obras de arquitectura civil que son hoy el orgullo y el emblema de las gentes de esta ciudad.


Solo por el Palacio de los Duques del Infantado merece la pena la visita a la ciudad. Construido a finales del siglo XV, el Palacio es uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad; de estilo gótico con elementos renacentistas y sabor islámico en muchos detalles, su fachada se considera como una de las más singulares de los palacios renacentistas españoles.

Su construcción se debió a Don Iñigo López de Mendoza, 2º duque del Infantado, y fue realizado por el arquitecto Juan Guas. El patio interior, o "Patio de los Leones", toda una joya arquitectónica, se caracteriza por una abundante decoración de animales fantásticos. Este palacio alberga hoy el Archivo Histórico Provincial, la Biblioteca Pública Provincial, el Maratón de Cuentos anual y el Museo Provincial de Bellas Artes.


Imprescindible en Guadalajara es la visita al Panteón de la duquesa de Sevillano (condesa de la Vega del Pozo), construido a finales del siglo XIX por el arquitecto español Velázquez Bosco. Se trata de una magnifica obra en la que predominan los estilos románico y bizantino, junto con motivos ornamentales moriscos, además de su cúpula de cerámica vidriada.

Magnifica es también la cripta que aloja el cuerpo de la fundadora, tallado en mármol y basalto, representando un féretro llevado por ángeles.


La principal iglesia de la ciudad es la Concatedral de Santa María la Mayor o de la Fuente, en su lugar estuvo la gran mezquita árabe de la ciudad de la que se conserva la torre mudéjar del siglo XIII y una bellas puertas de arcos aquillados.

La iglesia consta de tres naves de grandes dimensiones en cuyo interior destaca el retablo del altar mayor. Desde 1959 esta iglesia hace de concatedral con la de Sigüenza.


Recientemente abierta al público, la Capilla de Luis Lucena es el único resto de la antigua iglesia parroquial de San Miguel del Monte. Diseñada por el médico y humanista alcarreño Luis de Lucena a comienzos del siglo XVI, la capilla, de estilo mudéjar renacentista, es uno de los monumentos más singulares de la ciudad. Aquí creó Lucena, a través de su largo testamento personal, la primera biblioteca pública que hubo en España.


Imprescindible también es la visita al primer edificio civil del Renacimiento español: el Palacio de Antonio de Mendoza, en la parte baja de la ciudad, construido en torno a 1510 destaca por su portada plateresca de formas toscas.

En su interior nos encontramos con uno de los patios renacentistas más preciados de toda Castilla. Años después, en 1532-35, se construyó anexo a este palacio el Convento de la Piedad: sencillo templo que contiene el sepulcro de Brianda de Mendoza, su fundadora, y una espléndida portada joya del plateresco, adornada con el escudo de los Mendoza y con la Piedad.


El Monasterio de San Francisco, antiguo monasterio de templarios en el siglo XIII, ya recuperado para la ciudad puede verse su magnífico templo y, bajo el presbiterio, el impresionante Panteón de los Mendoza, similar al de los Reyes en El Escorial. Este monasterio tiene unas referencias literarias sorprendentes: aquí estuvo prisionero una temporada, en el siglo XIX, José de Espronceda, además, en una de sus capillas laterales estuvo enterrado el Arcipreste de Hita.


La capital de la Alcarria cuenta además con otros muchos lugares de gran interés como la Iglesia de los Remedios, en estilo manierista y con espléndida fachada; la Iglesia parroquial de Santiago, de estilo gótico-mudéjar; la Iglesia de San Ginés, erigida en el siglo XVI en estilo renacentista aunque ya con detalles platerescos; la Iglesia de San Nicolás el Real, de las escasas muestras del barroco en Guadalajara posee un espectacular sepulcro del comendador Don Rodrigo Campuzano realizado en alabastro; la Ermita de Ntra. Señora de la Antigua, del siglo XIII y primitivo lugar de ubicación de la que fuera iglesia de Santo Tomé.


Conviene también recorrer la Calle Mayor, llena de encanto decimonónico y detenerse en la Plaza Mayor a contemplar el equilibrado edificio del Ayuntamiento, construido sobre un antiguo concejo medieval a finales del siglo XIX; igualmente merece una visita el bello Parque de la Concordia construido en la segunda mitad del siglo XIX, donde encontramos el Templete, la estatua de Pedro Vives, el busto de Fernando Palanca y un Quiosco de Música construido en la segunda mitad del XIX.


Finalmente, el Alcázar, construido en los siglos XII y XIII sobre una antigua edificación árabe de la que quedan las fuertes torres al norte: el Torreón de Alvarfáñez, conservado en buen estado pero incompleto, junto con la Torre de Alamín.

Se trata del verdadero castillo de la ciudad que oteaba el valle del Henares, junto al Puente Romano, aunque de romano solo tiene ya el nombre puesto que se trata de una construcción califal del siglo X, que sufrió numerosas destrucciones debido a riadas, y restaurado en el XVIII.

Ahora se excava, estudia, limpia y ofrece a la ciudad como un nuevo y recuperado monumento.
El Palacio del Infantado simboliza el arte y la historia de Guadalajara, pues en el pusieron los Mendoza lo más intenso de su carga intelectual y humanística, y el más acendrado sentimiento de apego hacia sus tierras alcarreñas.


Se construyó, por voluntad del segundo duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza, a partir de 1480, y en 1483 estaba ya construida la fachada, poco después el patio, y al terminar el siglo XV lucia el monumento en todo su esplendor de goticismo, de artesonados y riquezas.

En 1569, el tataranieto del constructor, don Iñigo López de Mendoza, quinto duque del Infantado, inició una serie de reformas, dirigidas por Acacio de Orejón, que tendían a parangonar su palacio con el que Felipe II levantaba en Madrid, poniendo para ello ciertos detalles renacentistas en la fachada (abrió nuevas ventanas, tapó las antiguas, desmochó los pináculos góticos), en el patio, y decorando los techos de los salones bajos con pinturas al fresco realizadas por los artistas italianos que por entonces vinieron a decorar El Escorial y otras obras reales.


Tuvo a su costado unos jardines, primero moriscos y luego renacentistas con asuntos mitológicos, hoy restaurados y limpios. El palacio del Infantado fue trazado y dirigido por Juan Guas, autor del castillo mendocino del Real de Manzanares, y del monasterio toledano de San Juan de los Reyes, colaborando con él Egas Cueman y Lorenzo Trillo.

Una larga nómina de artistas mudéjares participaron en los diversos aspectos decorativos de la casona: artesonados, frisos, azulejería, pinturas y rejas. Es su estilo radicalmente hispano.

Pues aunque parte de la decoración y estructura de balconajes o portadas son de corte gótico de tradición flamenca, otros muchos elementos decorativos, y la disposición de vanos en la fachada, incluso el misma tema ornamental de las cabezas de clavos, son de herencia morisca, y de lo más exquisito que ha producido el arte mudéjar. Supera una y otro estilo, y adquiere el marchamo hispánico del estilo mendocino.


La gran fachada occidental, tuvo en su origen una amplia plaza delante. En ella aparece la puerta descentrada, situada al extremo interno del tercio izquierdo, correspondiéndose al interior con un ángulo del patio.

Se remata por un gran escudo ducal que pone el sello de la grandeza de un apellido, el de Mendoza, a toda la fachada del palacio. Antaño estuvo empotrado en los mocárabes de la galería, por causa de haber abierto el quinto duque un par de balcones sobre la portada, que separaron los dos elementos que, tal como hoy vemos, debían ir unidos.

En la reciente restauración ha ocupado el puesto que le correspondía desde su origen. Está sostenido por dos velludos salvajes y se rodea de veinte escudetes que representan los múltiples estados del segundo duque del Infantado.


En la planta baja de la fachada se abren algunas ventanas y una puerta, obras de la reforma del quinto duque: llevan lisas molduras, frontoncillos con el escudo ducal y rejas de la época. En la primera planta, y también abiertos en la reforma del siglo XVI, aparecen balcones del misma orden renaciente.

En la línea superior de la fachada, mostrando una vez más esa predilección de la arquitectura hispánica, entroncada con la árabe, de decorar prolijamente ciertas áreas de una fachada, aparece como un corrido alfiz la galería de ventanales y garitones que pronuncian su grito gótico-mudéjar más claro.

Consiste en una serie de ventanales que alternan con garitas salientes, con múltiples columnillas y capiteles, antepechos y tracerías góticas, apoyado todo ello en amplia faja de mocárabes, repartiéndose por el conjunto los escudos de Mendoza y Luna.
El resto de la fachada, toda ella construida con dorado sillar de Tamajón, se cubre con ornamentación de cabezas de clavos dispuestas en peculiar distribución en una ideal red de rombos.
Es también un tema derivado directamente del arte árabe. El patio central de este palacio, llamado patio de los leones, es de forma cuadrilátera, ligeramente alargada de sur a norte, pues en los lados de levante y poniente aparecen siete arcos, por cinco tan sólo en los compañeros.

Se compone de doble arquería superpuesta, formada de arcos conopiales mixtilineos, muy del gusto de Juan Guas, en la galería baja, y el misma tipo, pero con un par de entrantes laterales que le complican y quiebran aún más, en la arcada superior.
El trazo atectónico de estas elementos, que sólo buscan el recurso decorativo, es evidente. Sobresalen florones y picos de su fino intradós, y una faja de bolas los circunda. Las columnas que sostienen la arquería inferior son de orden dórico, sin ninguna decoración, y notablemente achaparradas para la que seria su altura lógica con respecto a la contextura total del patio.
Fueron puestas por el quinto duque en 1571, previo el levantamiento del suelo, y es de presumir que en un principio fueron idénticas a las de la galería alta, magníficos pilares bocelados de fuste helicoidal surcado de cintas y hojarascas, con un collarín al promedio, y capitel de hechura prismática, muy decorado de tema vegetal, en el remate.

Como relleno de los paramentos alzados sobre los arcos, y cubiertos sus fondos de taqueado, vemos un mundo prolijo de temas entre los que destacan parejas de leones tenantes del emblema de don Diego Hurtado de Mendoza, primero de los duques del Infantado: una tolva de molino de las que, al igual que los leones, es difícil ver dos idénticas. Sobre cada columna se alza un escudo, alternando el del apellido Mendoza con el de Luna.
Todos se rematan con la correspondiente corona ducal, también variable en cuanto a su ornamentación, y una celada terciada, unas veces a derechas y otras a izquierda, que tiene por lambrequines unas largas hojas de cardo, y como apoyo de los leones y bichas aladas, que llevan por cimera, se interponen sendas coronas cívicas.

El interior y estancias del palacio del Infantado han perdido en gran parte su antiguo esplendor. De la primitiva escalera nada queda.
De los artesonados mudéjares, los mejores del mundo, sin duda alguna, destruidos en la Guerra Civil de 1936-39, sólo quedan fotografias fragmentarias y escasisimos restos que se intenta sIrvan para una futura reconstrucción de algunos de ellos. Lo que si se ha conservado, y hoy lucen esplendorosos tras meticulosa restauración, son algunas de las salas bajas que pintores italianos decoraron a fines del siglo XVI por encargo del quinto duque.

La historia de la ciudad de Guadalajara no puede ser entendida sin acudir a los Mendoza. Un grupo familiar, o un linaje, que muy cohesionado durante siglos, protagonizó un papel relevante en la política general de Castilla y de España toda. Su actuación en Guadalajara, siempre en su papel de vecinos, los más importantes de la ciudad pero nunca como señores de ella, fue clave para el desarrollo del burgo, que ha quedado impregnado por todos las esquinas, y en cualquiera de sus documentos, de la silueta de los Mendoza.
Resumiendo lo que cuentan los escritos, podemos revisar la tradicional andadura primera de los Mendoza. Dicen que entre los caballeros visigodos que murieron en la batalla de Guadalete estaba el duque Arduyzo, el mayor de los godos. Un nieto suyo legítimo, Lope López, quedó como señor de la provincia de Altamira, a donde no llegó la morisma. Fuese a Escocia a casar, y lo hizo con la infanta Fregusina, hija del rey Alpino, regresando el matrimonio a Vizcaya, surgiendo de esa unión el primogénito Fortún López.
Es a éste al que consideran los Mendoza como su más remoto y primer aspirante. A Fortún López le llamaron sus contemporáneos el "Infante don Zuria", dicen que por lo blanco de su piel. En vascuence, "zuria" significa blanco, y quizás por tener el pelo o la barba de ese color, o más posiblemente por ser de tez muy pálida, le pusieron ese apelativo con el que pasó a la leyenda.

Valiente y dirigente nato, fue hecho capitán de las tierras vascas en la ocasión en que don Alonso el Magno, rey de Asturias, acudió a ellas con intención de anexionarlas. Zuria respondió "juntándosele no sólo la Plebe, sino los Ricos hombres, y nobles infanzones de la tierra, y formose un esquadrón de valientes soldados".

Se trabó batalla en el campo de Padura, y tanta sangre derramaron a los asturianos y leoneses, que desde entonces tomó aquel Lugar el sobrenombre de Arrigorriaga, que en vascuence quiere decir Piedras Bermejas por como se pusieron de empapadas del líquido elemento.

Y añade el Cronista que tras aquella batalla, que sucedió en el año 780, las vizcaínos, alaveses y guipuzcoanos eligieron por señor y cabeza de Vasconia a don Zuria, y de él derivó, por línea directa, la gran casa de Mendoza.

Casó dos veces don Zuria. La primera con Iñiga, hija de Zenón, el anterior señor vizcaíno. La segunda con doña Dalda Estíguiz, hija y heredera de Sancho, señor de Durango. De ella tuvo a Manso López, heredero de la casa y señorío vasco, a quien sucedió su hijo Iñigo, el cual casó con Elvira Laynez, nieta del juez de Castilla Laín Calvo. Hijo de éstos fue otro Iñigo López, a quien Pecha hace primo carnal del Cid, Ruy Díaz.

De este fue siguiendo la línea en derechura, con Iñigos y Lópeces en abundancia, dando algunas figuras importantes, como el López Iñiguez de Mendoza que batalló junto a Alfonso VI en la toma de Toledo; Iñigo de Mendoza, que participó en las Navas, y Ruy López de Mendoza, que lleg¢ a almirante de Castilla en tiempos de Alfonso X.

Y Hernando Pecha, además de referirnos la anterior secuencia de hechos, va aún más lejos y quiere remontar el origen de los Mendoza al tiempo de los romanos, diciendo que en los tiempos en que Escipión "el Africano" invadió España, por los serrijones fríos de Alava se le opusieron algunos cabecillas de tribus autóctonas, especialmente los hermanos Mendíbil y Mendonio, de quienes, corrompido el nombre, derivaron los Mendoza. Incluso el parentesco con el Cid Campeador, Ruy Díaz de Vivar, fue alentado por otros historiadores de la familia, hasta el punto de llegar algunos miembros, como el Cardenal Mendoza, a estar tan convencidos de ser cierto este origen y descendencia que les llevaron a poner el nombre del héroe burgalés a sus hijos. Recordar en este sentido cómo dicho Cardenal puso de nombre al primer fruto de sus amores con doña Mencía de Castro y Lemus, al apuesto primer marqués de Zenete, Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, y consiguió de los Reyes Católicos que le concedieran el primer título de "Conde del Cid" que esta familia luego ostentó entre otros muchos.

Durante el reinado de Alfonso XI de Castilla, entre 1312 y 1350, es cuando los Mendoza se incorporan a la sociedad castellana, más "civilizada" que la montería que por tierras vascas había mantenido permanentemente, siempre en luchas civiles con los diversos clanes o linajes próximos, entre ellos los Guevara, Orozco, Ayala y Velasco, como ya he dicho anteriormente. Sus luchas, entre emboscadas nocturnas y batallas campales, cesaron al conjuro de la llamada del poderoso monarca castellano.
Este necesitaba gentes duras, batalladores natos, caballeros que aportaran experiencia y valentía en lo que él pretendía ser el inicio de una Reconquista total de la Península.

La condición de hidalgos que los Mendoza traían de Alava, su categoría de caballeros por tener mesnada propia, y el empuje que el rey de Castilla les concedió para entrar en la directa y más alta responsabilidad de la administración del Estado, propició su asentamiento de una manera definitiva en Castilla, y más concretamente en la nueva tierra del reino toledano que, al sur de la Cordillera Central, estaba entonces surgiendo a la repoblación y se ofrecía como campo abierto a cualquier tipo de aspiraciones.

El puente antiguo sobre el río Henares es sin duda el más antiguo monumento de los que embellecen a la ciudad de Guadalajara. Fue construido por los musulmanes en la segunda mitad de¡ siglo X, por mandato directo de¡ califa Abd-al Rahman III cuando vino por estas tierras de la Marca Media a vigilar las obras de fortificación frente al belicoso reino de Castilla.

Mide 117 metros de largo, y se forma por cinco arcos y cuatro pilastrones, muy fuertes y macizos los dos centrales, llevando uno de ellos un aliviadero muy característico de los puentes árabes.
Se trata de una obra en la línea más pura de la arquitectura califa¡ cordobesa de la época, pues en principio tenía una fuerte rampa doble o lomo, que suponía ser más elevada la parte central que las laterales. En lo que resta de obra árabe, alternan las hiladas de sogas con variable número de tizones. La forma de sus arcos y la estructura de sus bordes es muy similar a la de los que se ven en la mezquita de San Salvador en Toledo.

Al igual que los clásicos puentes romanos y árabes (los segundos fueron en su mayoría herencia directa de los primeros), el de Guadalajara tiene unos pilastrones ó espolones que están angulados contracorriente, y redondeados en sentido opuesto. Ofrece como detalle singular el aliviadero (el "ojillo" lo llaman popularmente en Guadalajara) que aparece sobre el pilastrón más antiguo, con doble zarpa.

Ese aliviadero consta de un arco de herradura enjaezado, con una estructura que permite fecharlo sin duda en la segunda mitad de¡ siglo X. El pasadizo que forma este aliviadero tiene una bóveda con sección de herradura, con sillarejos colocados a tizón, muy bien ordenados. Sin duda la construcción originaria de este puente sobre el río Henares es árabe.

Los romanos no llegaron a levantar aquí ningún puente, o al menos no se ven rastros en el actual monumento de obra romana. Durante los dos primeros siglos de existencia de la ciudad, el río se cruzaría sobre un puente de madera.

El hecho de que Abdal Rahman III mandara personalmente iniciar la construcción de esta gran obra, prueba la importancia que hacia el año 950 había ya adquirido la Wadi-I-Hiyara de la Marca Media andalusí.
Tras la reconquista cristiana, el puente se amplió y reforzó, datando de entonces (siglo XIII) las múltiples marcas de cantería que se ven en los sillares bajos, entre las que abunda la estrella de cinco puntas.

Los castellanos le hicieron al antiguo castillo árabe de Guadalajara, dos torres nuevas: una central, sobre el lomo principal, alta y fuerte. Aunque hoy muchos lo ignoran, en Guadalajara existe un castillo.
Mejor dicho, las ruinas de un castillo. Que construyeron los moros, por supuesto, en la línea más pura de la tradición hispana. Está situado en la calle Madrid, frente a la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado, y lo que en tiempos fue gran alcazaba islámica, y más tarde una fortaleza que albergó a los Reyes de Castilla y sirvió de sede a las Cortes del Reino, hoy es un montón desangelado de ruinas, en inexplicable abandono desde hace muchos años.

Se situaba este castillo en una de las esquinas, - la inferior y más norteña- de la muralla que circundaba a la ciudad medieval. Constituido en dos cuerpos adjuntos, se formaba de muy gruesos muros, fortificados a trechos por altos torreones que daban, de un lado, sobre el barranco del Alamín, y de otro sobre la propia ciudad.
En su interior, múltiples estancias servían de residencia a los jefes militares árabes primero, y luego a los alcaides cristianos. En 1338 pasó una larga temporada viviendo en él don Alfonso XI, recuperándose de una enfermedad y fundando la "Orden de la Banda" para premiar a los caballeros arriacenses que amablemente le sirvieron. Luego en 1390 vieron sus salones reunirse a lo más granado del reino para celebrar en ellos las sesiones de las Cortes convocadas por Juan 1. Los Mendoza algunas veces hubieron de refugiarse en él ante los asaltos de las fuerzas reales.

De primitiva construcción árabe, aunque muy reformado por los cristianos, consta de dos recintos y ocupa una superficie de 17.000 M2 . El recinto norte es el más grande, y mide 107 x 86,2 mts. El más meridional es de 68 x 62 mts. Con una puerta al frente que miraba hacia la ciudad.
En sus muros se aprecian todavía tres diferentes calidades y épocas: hay una primera zona, la que da sobre el barranco, de época cristiana, que se forma por mampostería, piedras irregulares, sin simetría de hiladas y con argamasa de cal. Una segunda de tapia¡ o "tabiya" árabe, que forma las dos grandes torres que dan sobre la Travesía de Madrid.

Son dos torres huecas, de 10 metros en su frente y 3,5 de profundidad. Sobre el tapial grosero se aplicó una primera capa de argamasa oscura, y sobre ella otra más fina y blanca sobre la que se pintaron con líneas rojas simulando sillares. En una tercera zona, que como la anterior tenía una ligera zarpa, se ve tapia¡ protegido por sólida capa de yeso de color amarillento. En realidad, solamente esas dos grandes torres de "tabiya" árabe son los restos verdaderamente islámicos de este castillo de Guadalajara.
El resto, muy alterado y renovado en épocas sucesivas, es cristiano. Fue casi totalmente rehecho, como la muralla de la ciudad, en los siglos XIII-XIV, y más tarde, ya en el siglo pasado, utilizado como Cuartel de San Carlos, añadido del Regimiento de Aerostación. Todo ello actualmente en proceso de ruina, de abandono y de hundimiento.

Una de las señas de identidad más características de una ciudad, es sin duda alguna el escudo heráldico, el elemento que la representa y simboliza la esencia de su historia y sus aconteceres.
El escudo de Guadalajara es un bello muestrario de arte y de historia, sazonada de una buena dosis de leyenda.
Muestra un paisaje medieval escueto: un campo llano al fondo del cual surge una ciudad amurallada. Alguna torre descuella sobre las almenas del primer tramo. Una puerta cerrada se acurruca en una esquina del murallón.
Sobre la punta de la torre, un banderín con la media luna nos dice que la ciudad es islámica, que la pueblan moros, aunque no se les vea. Sobre el campo verde del primer término, un guerrero medieval monta un caballo. Va revestido el caballero de una armadura de placas metálicas, una celada que le cubre la cabeza y plumas que como lambrequines brotan de ella. Va armado con una espada, o lanza, en señal de fiera ofensa.
Detrás de él, formados y prietos, unos soldados admiran el conjunto, expectantes. De sus manos surgen verticales las lanzas. Parte de sus cuerpos se recubre por escudos que llevan pintadas cruces.


Son un ejército cristiano que acaudilla un caballero: se llama Alvar Fáñez, el de Minaya, y es algo familiar del Cid Ruy Díaz, y teniente de su mesnada. Un cielo oscuro, de noche cerrada, tachonado de estrellas y en el que una media luna se apunta, cubre la escena.
Dice la tradición que este emblema, tan historiado y prolijo, es la imagen fiel de un momento, de una singular jornada de la ciudad. Representa la noche del 24 de junio de 1085, una noche espléndida y luminosa de San Juan, de hace algo más de 900 años. La ciudad de al fondo es Guadalajara la árabe, la Wadi-I-Hiyara de las antiguas crónicas andalusíes.
El campo verde sería la orilla izquierda del barranco del Coquín, lo que durante muchos años fue Castil de Judíos o cementerio hebraico. Allá se aprestan el caballero Alvar Fáñez y sus hombres de armas. Esperan el momento, en el silencio de la noche, cuando sus habitantes duerman, y uno de los suyos abra el portón que da paso desde el barranco al barrio de los mozárabes.
Escondidos cada cual por su lado, a la mañana siguiente aparecerán con sorpresa por las calles del burgo, y sus habitadores ya nada podrán hacer ante la consumación de la conquista. Escudo y tradición, se funden en una hermosa leyenda que, desde hace siglos, las abuelas nos fueron contando a los nietos, revistiendo de magia medieval, de ardor guerrero, de sonidos metálicos y frases perdurables esta conseja que nació, hace ahora más de nueve siglos, para poner el sello de lo maravilloso en algo que probablemente fue muy prosaico, pero que necesitaba cubrirse con tales vestiduras.
Allí están, escudo y tradición, para que siga rodando, junto a los fuegos de las chimeneas, o las faldillas de las mesas camillas, de los labios secos de los viejos a los oídos vírgenes de los niños.

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