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Auñón, "la pequeña Cuenca"

Tiene su término la belleza de las abruptas laderas que escoltan al río Tajo, sobre las que se alza la ermita de la Virgen del Madroñal. Además, inmensos bosques de pino, y espectaculares perspectivas paisajísticas componen el término de este que en su centro urbano ofrece también bellísimos rincones del más puro alcarreñismo.


Parece segura la existencia de población en la parte baja del término, en la vega, en tiempos remotos, por la aparición de documentos arqueológicos y restos del antiguo "castillo del Cuadrón", que se sabe perteneció al Común de Huete tras la reconquista.
Entonces, en el siglo XII, Auñón era solo una alquería del Cuadrón, y con el tiempo se fue poblando y creciendo. Esta heredad de Auñón la compró en 1178 la Orden de Calatrava (era Maestre don Martin Pérez de Siones) a la familia de los Ordóñez, vecinos de Illana, que la poseían. La villa de Auñón creció notablemente durante la Edad Media. Recibió numerosos privilegios y exenciones por parte de los reyes castellanos y de los maestres calatravos, por la valentía demostrada por sus hombres en diversas acciones de guerra.

En el siglo XV ocurrió el famoso hecho de la sublevación de don Juan Ramírez de Guzman, apodado Carne de Cabra?, que se autoerigió Maestre de la Orden, contra su legítimo mandatario. El rebelde asoló la tierra de Zorita, conquistando y dominando algun tiempo todos sus pueblos, excepto el de Auñón, que se mantuvo fiel al poder establecido y legal, resistiendo un profundo cerco de Carne de Cabra?.
Fue Auñón cabeza de Encomienda de la Orden de Calatrava, residiendo en la villa el comendador de la misma. A partir del siglo XVI, este fue un título meramente honorífico, pues el mando de las Ordenes militares lo tenía el Rey y su aparato administrativo. La Encomienda de Auñón estuvo unida a la de Berninches y el Collado desde esa época, existiendo Comendadores de este título hasta el siglo XVIII.


En 1572, tras haber sido enajenados los bienes de Calatrava por el Rey, y puestos a la venta, la villa de Auñón la compró don Melchor de Herrera, juntamente con Berninches, en la cantidad de 204.000 ducados. Era este señor un alto mandatario del Estado: alférez mayor de Madrid, tesorero real y muy rico y bien heredado en Castilla la Nueva. Fue nombrado en ese mismo año marqués de Auñón.


El pueblo intentó ejercer el derecho de tanteo para comprarse a sí mismo, pero no lo pudo conseguir. En poder de esta familia de los Herrera siguió, durante varios siglos. Ellos se aumentaron con los títulos de condes de Clavijo y duques de Rivas; en el siglo XIX era heredero de Auñón y de los títulos familiares don Angel de Saavedra y Herrera, duque de Rivas, poeta del romanticismo español.
Finalmente, durante las guerras de Sucesión y la Independencia, el término y villa de Auñón, y especialmente el puente sobre el río Tajo, fueron muy disputados por las tropas contendientes. En este último puso El Empecinado? su tesón más grande y el valor de sus gentes para, en unas ocasiones, conquistarlo, y en otras defenderlo: su valor estratégico, por ser el único paso en muchos kilómetros, era importantísimo.



El pueblo, en fuerte cuestarrón situado, se erige realmente sobre un espinazo rocoso, que a un lado encuentra el corte brusco del mencionado cantil, al que asoma una larga serie de edificaciones o "casas colgantes", y el otro lado va cayendo suavemente hacia otro barranco que le limita por levante. Su aspecto es pintoresco como pocos, y el paseo por sus calles, una experiencia inolvidable.


El término riquísimo en bellezas naturales, pues posee larga serie de kilómetros en la costa del embalse de Entrepeñas, y entre otros lugares, destaca el antiguo de Villafranca, hoy denominado el Madroñal, donde se sitúa la ermita de la Virgen Patrona, y entre pinos y roquedas se contemplan dilatados panoramas de la Alcarria y el pantano.
Para el viajero, la villa de Auñón guarda numerosos elementos que despertaran su interes. En la parte baja se encuentran la iglesia parroquial, dedicada a San Juan Bautista, obra del siglo XVI en su primera mitad. La torre fue construida hacia 1526, dando la traza y dirigiéndola el maestro Juan Sánchez del Pozo. La portada meridional, guardada tras el atrio descubierto y rodeado este de una barbacana de cal y canto, es obra sencilla renacentista.


La portada de acceso al templo, orientada al norte, es un ejemplar de gótico tardío, tal como se usaba ornamentar a principios del siglo XVI. Arco semicircular escoltado de finas pilastras góticas, y un tejaroz bajo el que se ve escudo de la Orden de Calatrava, dueña del lugar en la época de construcción, y patrocinadora del edificio. El interior es de tres naves, separadas por gruesos pilares de sillar a los que se adosan numerosas columnillas que, tras descansar en collarines amplios, se transforman en nervadas bóvedas de gran efecto decorativo. Rematando la pared del fondo del presbiterio, se ve el gran retablo mayor, de estilo plateresco, reparado tras las agresiones que sufrió en 1936.


Fueron sus autores, en 1583, el escultor toledano Nicolás de Vergara el Joven, aunque con él colaboraron los entalladores Sebastián Fernández y Benito de Sacedón, siendo la pintura del también toledano Luis de Velasco, añadiendo dorados el pintor de Huete Tomas de Briones. El edificio es todo el de sillar, y su ábside, de planta semicircular, se refuerza de contrafuertes. Es interesante también la llamada casa del Comendador, un edificio con fachada totalmente de sillar calizo, con portón adovelado semicircular, ventanas y un alero de piedra tallada. En este edificio puso el marques de Auñón, a finales del siglo XVI, una pequeña comunidad de monjas clarisas, que duró muy poco. En una de las plazas altas del pueblo destaca la casa y capilla que fundó y ordenó construir don Diego de la Calzada, obispo de Salona, en 1612.


Natural de Mucientes (Valladolid), se encariñó con Auñón, y para él fundó una completa capellanía con sede en esta capilla, dedicada a Nuestra Señora de la Concepción y de Santa Ana. Hizo los planos o traza, en 1609, Pedro Gilón, maestro mayor de las obras del obispado de Cuenca. Fueron sus autores materiales los maestros canteros Pedro de Perelacia y Lucas de los Corrales.
Distribuidas por el pueblo se ven numerosas casonas nobiliarias, con grandes portalones adovelados, fachadas de sillería, y como remate en algunas aparecen bellos escudos heráldicos, que corresponden a los Ruiz de Velasco, a los Páez de Saavedra, y a un tal Merchante, correo que fue del rey. Buen número de construcciones populares, con arcos de piedra, enormes aleros de maderas talladas, rejas de buena forja, etc, se ven en un paseo reposado por el pueblo, en el que también resaltan algunas fuentes, pasadizos, el edificio del Ayuntamiento, etc.


Merece, pues, una visita atenta y concienzuda.



De la antigua muralla, nada queda hoy, y sí unos leves restos de la mencionada torre vigia del Cuadron, en la vega junto al Tajo. Es muy interesante, sin embargo, visitar el puente de origen medieval que cruza el río Tajo, a la salida de Entrepeñas: fue varias veces derribado y vuelto a construir, pero aun mantiene su viejo encanto.


El puente romano de Muñón de origen romano y usado por los árabes, finalmente se cayo. Habia una barca para pasar el Tajo sustituida por un nuevo puente en 1461. Reconstruido por la villa de Auñon en el siglo XV, al estar en las cercanías de la vía que unía Sigüenza con la comarca de Cuenca, se convirtió en un un pasó muy utilizado durante la baja Edad Media, contribuyendo a que Zorita, perdiendo el tráfico de mercancías por su puente, continuase su declive. Pastrana y Fuentelencina contribuyeron a su manteniniento, quedando por ello exentas del portazgo. Los guerrileros atacaron repetidamente el puente.


La guarnición francesa solía resguardarse en el caserío de la villa y en un fortín que levantaron sobre la cabeza septentrional del puente. El 23 de Marzo de 1811, el Empecinado y Villacampa atacaron a la guarnición que se recogió a Auñón, perdiendo muchos heridos y cien prisioneros, salvándose los demás refugiados en la iglesia de la villa por llegada de una columna de socorro. La versión de las cronicas francesas cuentan una defensa heróica del tio de Victor Hugo que mantuvo la posición hasta la llegada de los socorros mandados por el padre del escritor.

Viajar por la Alcarria en verano es hacerlo de fiesta en fiesta, de virgen en virgen. Porque ahora se exalta a la Madre de Dios en sus jornadas festivas, y la devoción eterna, que subyace en todos los corazones alcarreños, por su Virgen María en advocaciones varias, se combina hoy con una progresiva imaginación a la hora de pasarlo bien, y de darle "kaña al body" que dicen los más impetuosos.


No estará de más recordar hoy Auñón, su ermita y enclave del Madroñal, en lo alto del monte desde el que se divisa el valle del Tajo, hoy ocupado de las aguas remansadas de Entrepeñas. Y decir algo de ese lugar, de la devoción a su Virgen, de fiestas antiguas y jolgorios diversos.Encontramos a Auñón como alzado en una cresta que otea vallejos que desde la meseta alcarreña bajan hacia el Tajo. Algo aislada de la nueva carretera hacia Cuenca, por mor de esa desviación que nos lo pone más rápido, pero también más inhumano, el camino a Sacedón.


Siempre que lo veo, en la lontananza, me recuerda un tanto a las casas colgantes de Cuenca. Aparte de su caserío típico, de sus calles estrechas y cuestudas, de su gran iglesia parroquial del siglo XVI, dedicada a San Juan Bautista, con su antiguo retablo plateresco, ya un tanto desmantelado, y de la capilla del famoso Obispo de Salona, don Diego de la Calzada, quien aunque no nacido en Auñón, quiso dejar constancia de su fama construyendo templo y fundando memoria en 1612, lambrequinada de pétreos escudos, nos queda quizás lo mejor, o lo más querido por todos: el espejo que está puesto en lo alto del monte, y en medio del pinar: la ermita de la patrona, la Virgen del Madroñal.En la Relación que los vecinos más viejos [y sabios] del pueblo, mandaron en 1579 a la corte escurialense, decían más o menos esto:
Tenemos una ermita en término de esta villa, que se llama Nª Sª del Madroñal, que está a media legua de esta villa, en una montaña, sobre una peña, que se apareció sobre el tronco de una madroñera, y un pastor la halló, y se vino a dar noticia al Cura, Clérigos y Justicia de la dicha villa, y fueron con una solemne procesión a donde estaba en el tronco de la madroñera y consideraron y miraron que en aquel lugar donde se apareció no era a propósito para hacer la ermita; acordaron llevarla en procesión y con muy grande solemnidad a donde está ahora un humilladero, y la dejaron allí, y otro día vieron por la mañana que no estaba donde la habían dejado, que se había vuelto al madroño donde se apareció; volvió el Cura, Clérigos, y todos los vecinos de esta villa con otra procesión, y volvieron la imagen de la Virgen María al mismo lugar donde la habían dejado la primera vez, y otro día por la mañana la volvieron a hallar en dicho madroño a donde se había aparecido, habiendo dejado guardas para que la guardasen si por manos de hombres había sido vuelta al lugar donde se apareció, y guardándola hallaron que no por manos de hombres se volvía, sino por la voluntad de Nuestro Señor y de su bendita Madre; de manera que esta villa tomó tanta devoción que con esta Merced que Nuestro Señor nos hizo, que edificaron los de aquel tiempo una ermita dedicada a Nª Sª que dicen del Madroñal, que la dicha imagen está sentada en el mismo tronco de la madroñera y su retablo alrededor de Ella con muchos misterios de Santas y Vírgenes...


La ermita es grande iglesia que podrá servir para más de cuatrocientos vecinos; tiene grandes aposentos, por que es muy frecuentada de gente de esta comarca y de otras muchas partes por la gran devoción que con la dicha ermita tienen y milagros que en ella han acontecido. Tiene una huerta y jardines, que la tierra de ellos es llevada por manos de hombres, porque se puso encima de una peña lisa, y así criado árboles maravillosos en ellos, como son morales, manzanos, ciruelos, granados, y mucha cidra, jazmines, violetas, lirios, higueras y parras. Todos los árboles llevan maravilloso fruto, cada uno de su natural...

Exaltación de una tradición y una memoria que fue transmitiéndose de padres a hijos. el caso es que ahí está: no es de ayer, sino que ya en el siglo XVI la tenían por vieja tradición, por cosa salida de las incertidumbres del pasado. La construcción de la ermita parece ser que puede fecharse a mediados del siglo XII.


El Padre Manrique, cronista de la Orden del Císter, dice que fue en 1140 cuando se asentaron allí los primeros pobladores monacales, dos monjes cistercienses venidos desde Francia, de un monasterio conocido como Scala Dei, llamados Fortunio Donato y Hermelín Bueno, aunque por considerar el sitio de mala condición vital, lo dejaron abandonado y se trasladaron al otro lado del río Tajo, donde pusieron las primeras piedras de lo que con los años llegaría a ser el gran monasterio alcarreño de Monsalud. Lo que sí es cierto es que a mediados del siglo XIII pertenecía el lugar de Villafranca, dentro del cual se encontraba la ermita del Madroñal, a los monjes de Monsalud.Teniendo en cuenta que la actual ermita está construida hacia el siglo XV, podemos adelantar que nada queda de la primitiva construcción.


Tampoco puede hacerse otra cosa que conjeturar en cuanto al aspecto que tuviera la imagen de la Virgen: sería sin duda una talla románica, bellísima y policromada, al estilo de las que a miles por Castilla se veneraban en los templos. Las guerras y los odios la borraron del mapa, y tras la contienda civil del 36/39 nada quedó de ella... La actual imagen, comprada tras la Guerra, es escayola y lleva mantos valiosísimos cubriendo su esencia material.


Se rodea, eso es seguro, de las oraciones, cantos y amores de las gentes de Auñón, y eso es el mejor vestido que nadie puede llevar. ¿Los milagros? Seguro que sigue haciendo porque la Fe mueve montañas, y si alguien dice ¡Quiero! se cumple si además encuentra la ayuda de la fe en los momentos difíciles.Fue el XVII un siglo glorioso para la Virgen Madroñera, puesto que en él se acometieron importantes obras en la ermita, como su ampliación, la terminación y embellecimiento de las edificaciones del entorno, el dorado del retablo, la ampliación del ajuar de la Virgen llegando a contar con diez vestidos y tres mantos, la constitución de algunas fundaciones para que residiese en el mismo santuario un capellán, que celebrase la Misa todos los Domingos y días de fiesta, extendiéndose la devoción a la Virgen del Madroñal hasta lugares tan lejanos, relativamente, como la villa de Jadraque, donde se sabe que existían, en ese siglo, fincas propiedad de la Virgen auñonera.
La ermita del Madroñal asienta en lo alto de unos riscos que dan sobre el curso hondo del Tajo, en un rellano de la abrupta montaña, en la margen derecha del gran río, y entre espesos bosques de pino, roble y encinas, aparece el edificio de la ermita, construido como hemos dicho a principios del siglo XVII, lo mismo que las edificaciones que la rodean, formadas por casa del santero, alberguería, y un patio anterior con fuentes, arboledas, formando un conjunto encantador, de increíble belleza, que inspira una profunda sensación de paz a quien lo contempla.


El interior de la ermita, que es de grandiosas proporciones y tiene un retablo barroco con camarín posterior, es interesante, especialmente por las muestras que el fervor popular ha ido dejando colgadas en sus paredes, en forma de ex-votos, cuadros relatando milagros, etc.Cuando hoy se habla del patrimonio natural, ecológico, medioambiental, y paisajístico de Castilla-La Mancha, pocos se acuerdan de este lugar del Madroñal, en Auñón. Pero yo lo pondría a la cabeza, entre los más destacados anaqueles de ese muestrario de bellezas naturales de nuestra provincia y región. Un lugar al que merece ir, de vez en cuando, a encontrar las razones verdaderas, firmes, por las que uno ama a su tierra, y la prefiere a cualesquiera otra.

El otro día me contó mi padre, hablando de los pueblos de la Alcarria, que su padre (mi abuelo Alvaro José), cuando compró una nueva máquina para separar el trigo de la paja en la hera, fué a recogerla Auñón, ya que "tenía estación de tren". Partía el tren del Retiro de Madrid y tenía el recorrido por el valle del Tajuña y luego hacia el valle del Tajo... Tenían previsto inclusive pasar por Budia hasta llegar a Cifuentes y empalmar con la vía de Aragon. Después de la guerra todo se fué al traste y se eliminó esta vía férrea que posiblemente le hubiera dado un desarrollo especial a nuestra alcarria.

1 comentario:

KANETTE dijo...

En nombre de todos los alcarreños y en especial de la gente de AUÑON, queremos darte las gracias por esta pagina.

Si necesitas mas informacion sobre auñon y sus cosas visita.

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Un saludo

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